Tuve oportunidad ayer de contarle a la gente que va al Festival Miradas Doc, de Guía de Isora, cuánto admiro a Gonzalo Suárez, y decirlo con él al lado. Gonzalo Suárez, el autor de Ditirambo, con la que se cambió la mirada del cine moderno en España, es unos de los grandes escritores de este país, cuyo azaroso comienzo en la literatura tiene su raíz en el periodismo, y más concretamente en el periodismo deportivo. Ahora es ya un maestro de la ficción, admirable creador de un mundo propio, insólito, dotado de una imaginación que confunde la realidad con los sueños. En su mirada está esa dualidad, y en su manera de reírse del mundo y de sus solmenidades. Muchos le leíamos en Dicen, la revista de fútbol que se hacía en Barcelona en los años sesenta, así que yo era un adolescente cuando me aficioné a su firma, que entonces era un seudónimo, Martín Girard. Era un periodismo distinto, literariamente arriesgado, y periodísticamente impecable, porque cumplía todas las reglas al tiempo que las rompía. Un día, lo contó anoche, se plantó ante el presidente del Inter de Milán, para el que trabajó en la época de Helenio Herrera, el genial entrenador, su padrastro, y le dijo que quería hacer cine y dejarse de periodismos y de informes futbolísticos, e incluso despreció un trabajo de enorme consecuencia económica que aquel patrón italiano tenía dispuesto para él. Ahí empezó a ser otro, y a ser tan solo Gonzalo Suárez, este personaje al que yo seguía como un fan desde mi adolescencia. Ahora acaban de hacerle un homenaje en la Seminci de Valladolid por toda su obra, que es grande, arriesgada, personal y extraña, profunda, una mirada rabiosamente independiente sobre la ficción y sobre la época (y las épocas), y a mi me cupo el honor de hacerle una larga entrevista que figura en el libro que el citado festival le ha dedicado. Pues ahora ha venido con su mujer, Helène, su compañera de toda la vida, y de todas sus correrías vocacionales, a hablar con Aurelio Carnero, gran impulsor del festival y del cine en Canarias, y conmigo, a este festival Miradas Doc que desde hace tres años se celebra con creciente éxito en Guía de Isora, la capital del sur de Tenerife, un lugar cuyo alcalde, Pedro Martín, quiere convertir en una referencia cultural que le quite a esta zona de la isla el aire de los dos monocultivos, la agricultura y el turismo. El festival lo dirige un poeta, Alejandro Krawietz, un miembro muy inteligente y versátil, silencioso y profundo, de esa nueva generación de canarios de la que hablábamos ayer, y trata de profundizar, con el concurso de documentalistas de todo el mundo, en la actividad de los cineastas que miran la realidad para dar una visión completa del acontecer humano, desde el sufrimiento a la felicidad. Setecientas películas compiten, y han tenido que seleccionar entre mil. Es una iniciativa extraña en una tierra en la que a veces sólo hay tiempo para carnavales, y es una ocasión de encuentro insólito entre cineastas de muchas nacionalidades que aquí reproducen un sueño que fue de la gente de la época republicana en las islas, la cultura se hace juntándose con aquellos que no hablan nuestro idioma pero que tienen una mirada que puede complementar la nuestra.

Gonzalo Suárez
GonzaloSuárez vino a consolidar ese espíritu, y yo me sentí ayer muy feliz de sentarme a su lado, a escucharle y a hablar con él. Mientras hablábamos vino Javier Rioyo, que nos ayudó a adentrarnos en el mundo diverso de Gonzalo Duárez, y del documental, en el que él se ha convertido en un verdadero maestro. Antes, mientras nos tomábamos una pizza, le dije a Gonzalo que posara, y el resultado es esa fotografía que le he mandado a Rosa y que espero que no haya salido borrosa. Gonzalo miró a la cámara, desafiante, serio, así queél que ustedes ven es el Gonzalo que quiso ser en ese instante. De resto es un homnbre sonriente y jovial, divertidísimo, como se ve en su escritura, y en muchas facetas de su cine. Y ya me vuelvo; antes he pasado por El Médano, donde dormí anoche, para ver esta mañana el amanecer, que ha sido espectacular. El mar está tranquilo, la casa está llena de maderas, porque me han hecho un nuevo escritorio que está por aquí todavía desparramado, y el sol ya calienta como si fuera verano y el mediodía.
Juan Cruz